19 de 10 de 2016

#TúPorElMundo El encanto de San Blas

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Viajar por trabajo y placer son cosas totalmente distintas, pero tengo la suerte de poder hacer ambas y esta vez me tocó un destino inesperado.

Panamá nunca había estado dentro de mis destinos, por lo tanto no sabía mucho qué lugares debía conocer y cuáles eran más bonitos según lo que quería. Tenía solo 4 días para poder hacer un paseo antes de tener que ir a la oficina, dado que lo había hecho calzar con un feriado internacional.

Quería bucear y pasarlo bien, el destino más popular sería Bocas del Toro; destino de solteros, fiestas, buceo, playita, ¡todo! Pero no, me decidí por algo tranqui; desconexión por un rato, sin electricidad, cero comunicaciones, gente local = ¡real Panamá!

Llegué a la ciudad y me quedé en la casa de una amiga; lo que es muy recomendable porque uno se pone al día, comparte, conoce cómo es su gente, cómo se comportan y también te ahorras platita.

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Me fueron a buscar a las 5:30 am para partir a mi destino: ¡San Blas! El destino y la forma de llegar allá lo busqué por internet, donde averigüé que lo más seguro era tomar un jeep que te lleve al lugar, porque el camino es sumamente peligroso.

El archipiélago de San Blas está gobernado por los Kuna, amerindios que se encuentran en Colombia y Panamá. No tienen propiedad privada en las islas que componen el archipiélago, van cambiando cada cierto tiempo de gobernador, dadas las corrupciones internas y la mala administración, donde el gobierno no se puede meter y está estrictamente prohibido cualquier tipo de inversión en su territorio.

Electricidad casi no hay, en una casa o choza viven hasta 30 personas, por lo menos las que yo conocí. Duermen en hamacas, no tienen separaciones de piezas, duermen todos juntos, de moderno tienen solo celulares, con los que mantienen el contacto con “la tierra”.

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Desde hace pocos años se han permitido los matrimonios con extranjeros (no kunas), los cuales han tenido que convertirse a kunas y vivir como ellos, por lo cual el turismo ha ido de a poco desarrollándose, pero con el recelo de no querer que este interfiera en su forma de vivir y les arruine su ecosistema.

Es bien curioso esto, dado que entre una isla y otra, muchas veces hay rivalidad porque una tiene muchos turistas y la otra no, y la verdad es que no les interesa tenerlos. Pero todo depende del día, son muy temperamentales en ese sentido.

La única forma de llegar al lugar es en un 4×4, pero asegúrense que sea manejado por un Kuna o por alguien relacionado a ellos, porque el recelo que existe en la comunidad es horrible y esto se hace notar en sus carreteras, formas de relacionarse, caminos, ¡todo!

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 El señor que manejaba el jeep me contó miles de historias, es un viaje largo y traten siempre de mirar por la ventana, porque tiene muchas curvas y les aseguro que se marearán, aunque el paisaje es lindísimo. Al llegar al puerto (existen dos, depende del operador turístico donde te toque), están esperando miles de embarcaciones, que en verdad son botes de pescadores, y el trayecto es de aproximadamente 1 hora y media, dependiendo de la isla que elijas.

Yo elegí isla Perro, que es una de las más turísticas, pero tampoco me quería arriesgar a estar 100% sola, aunque el idioma estaba a mi favor, la cultura no. Llegamos a las Isla Perro después de un viaje en el cual los riñones me salían por la boca de todo lo que saltaba el bote, pero les aseguro que vale la pena, ¡aunque ojo! Porque hubo gente que no fue capaz de aguantar y pidió devolverse.

El camino era hermosísimo, peces que saltan a tu alrededor, cambios de colores en el mar, casas construidas literalmente en el agua, niños pescando, personas nadando desnudas y lavando sus ropas a la orilla de los islotes… realmente un espectáculo.

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Llegamos a la isla Perro, llena de turistas gritando, bañándose y aprovechando el día… la verdad es que al principio me molestó un poco, pero tenía que dejar mi apatía de lado y unirme a la fiesta. Al rato ya todos se habían ido, porque solo iban por paseos del día (pasadías). La isla quedó sólo para mí y unas cuantas personas más que dormían en carpa, éramos a lo más 15, porque el número era restringido.

Mi “casa” era una choza hecha de caña y el techo tenía un entrelazado de hojas de palmera, demostrando 100% naturalidad, sin luz y una cama en el centro y el baño… para compartir.

Como ya no estaba lleno de turistas, fui a cambiarme ¡¡¡y al agua pato!!! ¡¡¡Uff el agua se muerennn!!! Un espectáculo de colores, y el cielo ni hablar, lo mejor: sencillez y descanso en un solo lugar. Nadé a la isla del frente, una playa lindísima de arena blanca, fina, con palmeras cocoteras.

Al ser una isla pequeña, corría una brisa constante que era bastante agradable dado el calor que hacía; en definitiva es un paraíso natural inserto en el pasado.

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Los 4 días que pasé ahí fueron de un relajo total. El tiempo parecía que no pasaba, los minutos, las horas, eran las mismas… La isla podía cruzarla caminando en tan solo 3 minutos de lo pequeña que era y eso te permitía disfrutar del lugar, del paisaje y también de su gente, que a pesar de ser muy tímidos, el idioma es algo que me favorecía y ahora más que nunca debía aprovecharlo.

Los invito a tener un sello más en su pasaporte y recordar que siempre habrá un lugar que te gustará más que otro, pero aprende a viajar con la inocencia de un niño, para admirar lo que ves con los ojos de un adulto.

1 comentarios

Bárbara

20 de octubre de 2016

Me pasó algo muy parecido.. por trabajo llegué a Panamá y me sorprendió.. es un bello lugar!! San Blas hermoso!!

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