23 de 04 de 2008

Feria del libro en Santiago

Para todos los fanáticos de la lectura, se instalará en la Plaza de Armas la famosa feria de libro desde el 21 al 28 de abril. La inauguración será el lunes 21 a las 12:00 hrs. y el acto oficial se realizará en la Biblioteca de Santiago (Matucana 151) el 23 de abril a las 10:30 hrs.

1 comentarios

Isidora

03 de mayo de 2008

Me encanta leer de todo, lo que mas me apena es que los libros esten tan tan caros, se fijan en las injusticias los cigarrilos no tienen impuesto, pero los libros si como puede ser, la gente se queja de la delincuencia, se queja de la drogadiccion pero no se dan cuenta que loslibros son para enrriquecernos de conocimientos, y los cigarrillos solo son adictivos. Lo malo que en el país el impuesto es así. Se dan cuenta como son las cosas tenemos que pagar mas lo que en otros paises en nada y los cigarillos que nos empeoran, nos hacen un vicio y mas encima nos hace gastar dinero y contaminar el ambiente. y los libros que nos ayudan, nos entretienes y dan conocimiento valen mas ilogico no La discusión en torno al impuesto al libro en Chile (19%) es un asunto de segundo orden. Cada cierto tiempo alguien preocupado se asoma a los medios y enarbola el nombre de varios países del primer mundo -o de países similares al nuestro- cuyo impuesto al libro es bajísimo, o efectivamente nulo. Hace unos cuantos días apareció una nota en El Mercurio respecto a esto y un par de semanas antes el intolerante cuarteto de la televisión chilena indagó en el tema –sin muchas luces, por cierto- a propósito del vergonzoso pirateo de libros en el país. Desafortunadamente las opiniones rondan, por lo general, lugares demasiado transitados para que se levante algo de polvo y, por lo mismo, cualquier eventual disminución del impuesto que pudiera producirse -además de no ser fruto de las súplicas de los demandantes sino más bien un arrebato de la autoridad-, a la larga, como es de suponer, no tendrá efecto alguno sobre lo que verdaderamente importa y que hasta ahora aparece escondido tras esta inocua discusión. Lo oculto es lo importante. Y aquí lo oculto (que, en rigor, es algo evidente) es que Chile es un país que lee poco. Y que, en cualquier caso, esta situación a nadie le importa demasiado. Debo confesar que cuando me encuentro de visita en alguna ciudad o establecimiento educativo, caigo en la tentación de echar un vistazo a la biblioteca del lugar. Y, por lo general, me he llevado agradables sorpresas hallando insospechados títulos en sitios tan extraviados como Coyhaique o Cumpeo. Pero, asimismo, la sorpresa desilusionante al constatar que muchos de ellos jamás han sido abiertos. Aseverar que un chileno que quiera leer no puede hacerlo por falta de libros es un fruto seco que debemos extirpar de una vez por todas de nuestro árbol imaginario. Quien desee leer puede hacerlo sin mayores inconvenientes si posee verdadero interés. Recuerdo en mis años universitarios haber leído la novela Oblomov (un ejemplar de los años 20, si la memoria no me falla) y descubrir que, en plena Facultad de Humanidades y Arte, el libro poseía una costra, sí, una costra de tierra debido a que nadie se había dignado a leerlo en varias décadas. Por lo mismo, una campaña como la que actualmente reparte libros en varias bibliotecas públicas del país -pese a su pomposo nombre (“Chile quiere leer”)- sólo tiende a seguir el mismo derrotero inoperante de la discusión del impuesto. Es como si la autoridad repartiera caridad. Una caridad, evidentemente, estandarizada. Un poco de García Márquez, otro poco de Isabel Allende, algo más de Dan Brown, y unos toques de algunos clásicos. Y el fondo del asunto, como el sedimento de una laguna, permanece intacto. La situación se asemeja a lo que en ciencias sociales se sitúa en auge (al menos en lo teórico) respecto a la pobreza y el desarrollo. Siguiendo la línea esbozada por Razcynski y Walker respecto a las políticas sociales, el que hayan libros sólo es una condición necesaria pero no suficiente para que la ciudadanía lea. El quid del asunto está, entonces, en abordar las condiciones esenciales, esto es, el deseo de la ciudadanía por leer. Chile no lee. Y ello queda corroborado por los pasmosos resultados de la evaluación de comprensión lectora (PISA) que se entregaron hace algún tiempo. Por eso, la discusión en torno al impuesto del libro es ficticia, y sólo rehuye lo esencial. Hace medio siglo Hans Magnus Enzensberger señaló que el expediente de reducir un 10% el valor de un libro sólo a los inconscientes podía parecer más que un simple paliativo. Evidentemente, si los libros costaran cuatro quintas partes de lo que actualmente valen, sería estupendo. Pero, por supuesto, sólo lo sería para aquellos pocos que normalmente acuden a las librerías –por lo demás escasas en Chile. El caso es que las razones de que en Chile se lea poco pueden ser desentrañadas por cualquiera que desee hacer dicho ejercicio. Por lo pronto, la discusión –como he venido insinuando- debiera centrarse en cómo se gatilla un genuino interés por la lectura en la ciudadanía. A fin de que los libros distribuidos signifiquen algo más que el alarde de la autoridad ante una cámara de televisión. Lo preocupante es que el hecho de que nuestro país lea poco es uno de los pilares fundamentales (si el oximoron es posible) de la pobreza y de la inequidad. La base del desarrollo de cualquier nación está en la capacidad cognitiva (y metacognitiva) de sus habitantes y ésta a su vez se sustenta –qué duda cabe- en su capacidad de comprensión lectora. Y para ello es necesario que los habitantes lean, y tengan el interés de hacerlo. La disminución de los impuestos al libro o la distribución a raudales de bibliotecas, son medidas de segundo orden, apenas paliativas, que por si mismas son menos gravitantes de lo que se suele suponer. El centro de la discusión es preciso reorientarlo. Y va en el sentido de cómo logramos que los habitantes de Chile, desde su infancia, sientan más asiduamente el impulso de coger un libro, leerlo, y disfrutar de ello.

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